Pampa

A finales de 1992 hice una exposición que iba acompañada de uno de mis poemas. La pampa (galería Sketch, Quito) fue la experiencia de un atardecer en un jardín centenario de grandes árboles.  Los dibujos, en blanco y negro, eran muy táctiles, inmediatos: el rastro de las manos, de los dedos, del roce, de la textura, todo se advertía.   El poema y los dibujos aspiraban  nuevamente a “retener lo fugaz”. El montaje fue  fundamental, pues  no consideré  un dibujo aislado de otro, sino más bien dentro de un ensamble.

 

Octubre, en el jardín de la Pampa…  más que jardín, diría yo, un bosque… no extenso pero denso… de árboles centenarios, robustos, cargados de tiempo y memoria…

…de matorrales, ortigas y fresas salvajes;  la huella de las décadas es palpable…

Había llovido en ese atardecer de octubre, el cielo estaba luminoso, un amarillo anaranjado se filtraba entre los sauces y los cipreses… sombra y luz…

Mis ojos querían abarcar todo aquel escenario espléndido… y me quedaban solo fragmentos…

Quería oler, percibir la frescura de la tierra antes bañada por la lluvia…

Quería tocar, sentir cada corteza, cada raíz, cada rama, cada hoja…

Quería acariciar, quería abrazar… y recogía solo fragmentos…

Miré en vertical… había luz… había sombra… recuerdos enmarañados como el follaje…

Decía yo un bosque no extenso… pero era solamente un jardín…

 

Siguen años de largas caminatas[1] por las montañas. El Altar, el Chiles, el Cayambe, la ruta del Cóndor, Papallacta y el Antisana, el Pichincha, los Illinizas, el Rumiñahui, el Pasochoa, el Pululahua, el Cotopaxi, el Sincholagua me permitieron entender la idea del viaje exterior como expresión estética y experiencia mística.  En estas travesías recojo huellas, fragmentos, trazos íntimos, piezas perdidas de mi propio mapa.

Mi obra se fue marcando por una  continua reflexión ontológica, expresada en repetidas interrogaciones en torno al ser, y acompañada por constantes experimentaciones estéticas…

He tratado de descubrir  poco a poco la  unidad de las cosas, que guardan siempre relación unas con otras en un juego dinámico, sin que nada quede fuera de esa interdependencia.

En cada exposición, invito al espectador a entrar en un espacio de quietud que, para ser percibido, requiere que el  receptor se detenga, entre en el silencio sin prejuicios… y se descubra partícipe de esa interrelación con el  todo.



[1] Para el artista Hamish Fulton (Londres, 1946) “la caminata ayuda a evocar un estado mental”.