Rodrigo Villacís Molina

PILAR FLORES Y SUS DIBUJOS

Rodrigo Villacís Molina

Publicado en el periódico Hoy, julio de 2008

He estado revisando detenidamente un grueso libro de Gérard Xuriguera, que es una antología del dibujo contemporáneo a escala internacional, porque quería saber si hay algo parecido a los dibujos de Pilar Flores, que llaman la atención tanto por su factura, asombrosamente delicada, como por su carácter, en absoluto abstracto; esto es, que no solo son no figurativos, sino que no le remiten al espectador a nada conocido.  Esa búsqueda me llevó a Iscan, Tapiés, Rocher, Messagier, Pigeau, Maupin y algún otro, con propuestas similares; pero nada a la altura de lo que hace Pilar.  La calidad de su línea, la manera como ésta se multiplica, se dispersa, se entrecruza, se agolpa, se difumina, no tiene nada comparable.  Ella, la artista, habla de mandala, de mito, de laberinto, y cita a científicos, a filósofos y a poetas como inspiradores de su trabajo, que a un espectador desprevenido puede parecerle un juego con los lápices, porque no ve sino un tejido que aparentemente no representa nada; tal como señalaba Michel Ragon, aludiendo a las huellas (misteriosas rayas) dejadas por el artista rupestre en las cavernas de la Alta Garona, Francia.  Y es que, en palabras de Uslar Pietro, “el arte no progresa”.  La obra de Picasso no es mejor que los bisontes y cazadores de Altamira.

Pilar medita dibujando y así se conecta con el Todo, desprendiéndose de lo que la rodea, para sumirse en una reflexión que va más allá de las humanas preocupaciones.  Y mientras trabaja, su respiración responde al ritmo de sus trazos, o viceversa.  Por eso, estos son leves cual el aire.  Como sus dibujos no tienen tema, son inagotables, y su variedad es infinita, aunque engañosamente pueden parecer lo contrario; porque es necesario enfrentarse con los ojos y la mente bien abiertos a cada uno para descubrir su singularidad y la poética de las series que componen su obra.

Cuenta Pilar que un fin de semana salió con sus hijos, cuando estos eran aún pequeños, llevando lápices de colores para dibujar en el campo.  Al fin de la jornada, ellos, ufanos, le mostraron sus infantiles dibujos con árboles, montañas, nubes…; mas, cuando vieron los de su mamá, le preguntaron asombrados: “¿Pero cómo haces para que lo que dibujas no se parezca a nada?”.

En la respuesta, no formulada, a esta inocente pregunta se halla tal vez el misterio de toda la obra de Pilar, quien se deja guiar por sus voces interiores, que le llegan, quizás desde el fondo de los siglos.